Repensar a pichon-rivière.

Su teoría desde la perspectiva de los contextos actuales.

Buenas, ¿cómo están? Es una alegría y una enorme responsabilidad estar en este espacio celebrando y recordando a Enrique Pichón Riviere y, en su memoria, a tantos y tantas colegas que han iluminado el camino de esta profesión, de este oficio como me gusta llamarle, que es la Psicología Social.

Alguna vez me preguntaron cómo es que yo siempre, en cualquier análisis, hacía esta articulación entre sujeto y contexto. Yo dije que, en verdad, no sé pensar de otra manera. Me parece que incorporar realmente los conceptos de la Psicología Social implica aprender una modalidad de pensamiento, sentimiento y acción, que incluye siempre esa mirada articuladora del sujeto y su contexto.

Vengo a decirles, y no es muy buena la noticia, que me parece que todos nuestros saberes han caducado, parcialmente han caducado. Creo que el punto de partida pichoniano de cualquier reflexión es aceptar que han caducado los saberes en términos de cuestiones estereotipadas, rígidas y criterios acabados. Me parece que nuestro principal desafío es aceptar que en un mundo tan cambiante, que plantea paradigmas tan distintos a aquellos en los que Pichón pensó la Psicología Social, nos interpela y nos obliga a repensar algunos conceptos pichonianos.

Cuando digo que nuestros saberes han caducado, se los vengo diciendo en las últimas charlas, digo, que cuando recientemente yo vi la serie “Adolescencia”, dije: “francamente, debería entregar, devolver todos mis títulos”. Ahí aparecen cuestiones analizadoras referidas a la comunicación que no manejo, que me estoy obligando a entender, pero que no manejamos en estos códigos adolescentes, que imponen conductas, que intervienen tan fuertemente en lo vincular, que pueden llevar a conductas tanto violentas como extremas de cualquier tipo, que tienen que ver con, por ejemplo, la influencia de ciertos emojis en el diálogo.

Estas cuestiones me hacen creer que debemos estar absolutamente alertas en esto que sí, Pichón plantea allá y entonces, que es tener permanentemente un oído que escucha a una comunidad que de algún modo nos dice por dónde debe ir nuestro pensamiento. Un oído que escucha. Si yo sigo diciendo las mismas cosas que decía hace veinte, treinta o cuarenta años, evidentemente esta articulación entre sujeto y contexto está gravemente herida.

Voy a tomar algunos conceptos pichonianos, pero la verdad es que en este último mes me impactó muy profundamente una historia que les quiero contar. Es sobre un paciente querido, a quien acompaño hace varios años en un proceso de recuperación de consumos problemáticos bastante severos. Él es un artista, creador, que pudo canalizar algunas cuestiones a través del arte.

Hace poco me contó una historia de sus padres. Ambos vienen de un origen muy humilde y lograron hacer una fortuna. Su mamá, a quien llamaremos Nelly, tiene una historia absolutamente terrible y desgraciada. Desde que fue rechazada, abandonada y entregada a una abuela que la vende, en esa casa era “la Negrita”. Es una historia que hoy, en términos actuales, sería de enorme resiliencia.

Hace poco, sus nietos le dieron la consigna de ir al jardín a contar una historia feliz de su infancia. La mamá, con muy buena disposición, dijo que sí, pero después se dio cuenta de que no tenía historias felices para contar. Juan, con su sensibilidad, la abrazó y la acompañó en su dolor.

Nelly le contó lo mismo a su otro hijo, quien siguió la pauta de la familia y se dedica a hacer dinero. Este muchacho, al escuchar a su madre, quedó “absolutamente duro”. Tomó el teléfono, usó el chat GPT y dijo: “Historia, sapos, feliz, infancia…” y salió una historia maravillosa, pero que no era la de ella. Era una historia hermosa de una infancia con noches, luciérnagas y comida calentita.

Mi paciente me dijo: “Yo la leí y no sé si sentía más tristeza por la historia que no fue de mi madre o por este lugar de poder construir una historia donde no hay historia a partir de un sentimiento que no existe en lo artificial”.

Con esto, intento rendir un pequeño homenaje a Enrique Pichón Riviere. ¿Cómo pensar la historia en tiempos en que la historia puede ser artificialmente distorsionada? ¿Reemplaza la inteligencia artificial a la historia humana? No, pero es posible. Ese hermano que apretó un botón creyó y seguramente está convencido de que le solucionó el problema a su mamá. Y en un punto, es cierto, la mamá quedó aliviada porque iba a ir con ese cuento. Pero no es su historia.

Entonces, quiero detenerme en el tema de cómo pensar el vínculo. Si Pichón dice que el vínculo es una estructura de interdependencia e interrelación donde las personas se modifican, ¿qué pasa con el vínculo mediatizado, con el vínculo intermediado por la tecnología, y en qué medida nos modificamos? ¿Es la historia que le cuenta la inteligencia artificial la historia de Nelly? No. Pero es una verdad potable, que transforma ese vínculo en un vínculo posible.

El otro día escuchaba que se decía que “los jóvenes y las jóvenes hoy viajan mucho más”. Esto es porque, al no haber tantos proyectos a largo plazo como tener bienes, viajar se convierte en un proyecto posible. El vínculo de conocimiento del mundo también ha cambiado. Yo, de niña, conocía las pirámides de Egipto a través de libros. Hoy, puedo transitarlas virtualmente. El tránsito y el conocimiento del mundo intermediado por la tecnología nos hace ser en el mundo de otro modo.

En ese tiempo de pandemia y aislamiento, nos vimos obligados a repensar la práctica de la Psicología Social. Yo me preguntaba: “¿Cómo pensar un grupo sin cuerpos? ¿Cómo pensar un grupo sin otredades, sin mirada?”. La experiencia de la grupalidad sin cuerpos demostró que son posibles, que la virtualidad ha facilitado la posibilidad de otro mundo, de otro modo de grupalidad. Si aceptamos que es posible, entonces deberemos repensar los conceptos del orden de lo fantasmático en lo grupal, como lo transferencial, la mutua representación interna, el rol de portavoz y los liderazgos.

También debemos repensar el “tercero” que entra en el vínculo. El psicoanálisis hablaba del padre. ¿Qué es lo que entra hoy en el vínculo?. ¿De qué modo entra el contexto en el vínculo de ese ser con el mundo, cuando la pantalla está presente en la vida de los niños desde muy tempranamente?. Ya no entra solo el “tercero” (padre), sino el mundo a través de la tecnología, de la tribu que cría, y de otros modos de procesos de socialización que no son los de hace cincuenta o sesenta años.

Creo que está en nosotros seguir repensando los conceptos teóricos, sobre todo en la especificidad de la Psicología Social. Por ejemplo, en lo que acabo de decir sobre el grupo, se nos abren nuevas posibilidades de agrupamiento que también implican pensamiento, sentimiento y acción.

Una de las cuestiones que más me he preguntado es cómo se tramitan las divergencias en los grupos en la virtualidad, en los grupos sin cuerpo presente. En nuestro contexto, se impone una postura que cada vez más incentiva la divergencia y el dilema (“¿Es lo mío o lo tuyo?”). Si esto es así, estamos en problemas muy serios. Desde la Psicología Social venimos bregando por el trabajo en y con las diferencias.

Es como impensado esto de eliminar al que piensa diferente. Esas también son las nuevas problemáticas en lo grupal. Esto genera el riesgo de que incluso como profesionales tomemos una postura que intenta eludir, que intenta no meternos donde hay “quilombo”. Pero resulta que nos formamos para lo contrario, para que salte el conflicto. Nuestra tarea es la resolución de los conflictos que impiden la realización de la tarea. Si vamos poniendo “pañitos fríos y curitas para que no se vea la herida”, estamos en un desafío muy importante.

Entonces, en esto del trabajo sobre las diferencias, nos movemos en un camino de cornisa muy complicado, en el que hay que ir con mucha cautela para que el conflicto sea visualizado y elaborado, y que no sea inhibido. A mí, la historia de Nelly me hizo pensar que la historia es absolutamente intransferible e imposible de negar.

Practicar la Psicología Social en un mundo en semejante riesgo, en manos de personas “muy perturbadas”. Hay unos pocos que tienen un nivel de ambición tan desmedida, que quieren acumular tantísimo, mientras hay unos muchos que literalmente mueren de hambre. Esto se ha ido incrementando de un modo exponencial. Es absolutamente bochornoso.

Cuando Pichón comienza a repensar las teorías, estábamos en un mundo que tenía como ilusiones cambiar el mundo. ¿De qué utopía hablamos hoy en tiempos en que se pregona la meritocracia?. Frases como “a mí nadie me regaló nada” y “si yo soy lo que soy es porque yo me esforcé”. ¿Quién hizo algo solo?.

Ese mundo de la utopía, de cambiar el mundo, se transformó en este mundo de meritócratas. Vino el Eternauta con el precioso dicho de que “nadie se salva solo” y, del otro lado, veo que hay un programa en la televisión que dice “Sálvese quien pueda”. Lo colectivo versus lo individual.

Yo trabajaré desde la Psicología Social con este principio de que “nadie se salva solo”, pero también comprendo que es un mundo donde muchas de las personas que configuran los grupos piensan que hay que imponer el “sálvese quien pueda”. Con lo cual, vamos a tener que incorporar muchas otras cuestiones que hacen a las subjetividades de las personas que conforman los grupos. Es otro sujeto el que conforma los grupos.

Para este otro mundo deberemos pensar la Psicología Social desde otros lugares, desde otros lugares prácticos también. Y a mí, una de las cuestiones que más me interpela es si posibilitaremos o no que se despliegue el conflicto. En un mundo tan partido, la tendencia natural es a decir: “bueno, bueno, bueno”. Ahora, cuando trabajamos en nuestro rol profesional, no vamos a decir “¿quieren un cafecito?”.

Entonces, ¿cómo trabajamos el propio nivel de implicación?. Don Enrique no habló de eso, porque era otro mundo, otro universo, con otros ideales, otras utopías, otras necesidades y otras ilusiones también.

Así que, bueno, me quedó un montón, pero un montón, pero bueno…

Bueno, acá el compañero va a continuar y, bueno, si por lo menos esto gestó como un intento de problematización de los saberes, creo que está la tarea cumplida.

Gracias, Don Enrique.

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