Desde nuestro proyecto «Conexión y Acción», nos proponemos reapropiarnos de las fechas patrias desde una perspectiva crítica, convencidos de que es fundamental conocer nuestra historia para comprendernos en el presente y tomar mejores decisiones.
Partimos de una realidad: en el ámbito educativo, las efemérides tienden a reducirse a un mero acto formal. Se convierten en ceremonias en mañanas frías, discursos en grandes auditorios y, finalmente, en un post que debemos publicar en la red social de turno. Somos conscientes de esta rutina —y de que somos parte de ella—, pero creemos que es posible iniciar un camino de crecimiento.
Por eso, nuestro objetivo es transformar ese recuerdo formal en una experiencia significativa, más interactiva y, sobre todo, más humana. Creemos que la historia se aprende y se fija cuando la atraviesa el cuerpo, cuando se convierte en diálogo y acción. Y pocos hechos históricos nos interpelan de una manera tan profunda y constante como la gesta de la Independencia.
El 9 de Julio de 1816 no es sólo la firma de un acta; es el resultado de una pulseada feroz entre quienes soñaban una patria soberana y quienes estaban dispuestos a entregarla. Es la crónica de un acto de audacia en un momento desesperado, y una pregunta que nos sigue desafiando.
Aclaración al lector: Este texto tiene fines difusivos, no constituye un documento académico, sino que pretende ser una síntesis interpretativa que permita generar en Ud. el interés para posteriores consultas a los recursos citados al final de este texto. Lo invitamos a investigar y acceder a las fuentes por usted mismo.
El contexto: Traidores, Héroes y un Continente en Llamas
Para entender la audacia de 1816, hay que retroceder a las consecuencias de la Revolución de Mayo. Allí, la facción de Saavedra —la derecha de aquel entonces— se impuso sobre la izquierda representada por figuras como Moreno y Belgrano. Menos de un año después de aquel 25 de Mayo, este proyecto más radical se vio duramente golpeado con la expulsión y posterior muerte en alta mar de Mariano Moreno, en una «misión diplomática» que fue, en realidad, un exilio mortal. La idea de una revolución con rasgos humanitarios, que contemplara a todos los habitantes de estos territorios, ya tenía enemigos poderosos, no solo afuera, sino sobre todo adentro.
Mirando hacia la amenaza imperial, la historiografía coincide en describir el contexto de 1816 como el momento más crítico para la causa revolucionaria en América (Academia Nacional de la Historia, 2000). El rey Fernando VII volvía al trono “empecinado en restaurar el absolutismo” (Botana, 2016) y en Europa, tras la caída de Napoleón, las potencias monárquicas no veían con buenos ojos a los insurgentes. Gran Bretaña, por ejemplo, jugaba un doble juego: aunque se beneficiaba del comercio, era aliada de España contra Napoleón, por lo que oficialmente no podía apoyar la independencia. Fue ante esta amenaza que Belgrano pronunció su famosa frase: «O el viejo amo o ninguno». Más que una simple consigna, fue un acto que demostró una enorme cintura política, marcando límites claros para frenar las ambiciones de otros imperios que buscaban sacar provecho del río revuelto.
Pese a este escenario de colapso inminente, una tríada empujaba la gesta que muchos calificaban de imposible: San Martín, Belgrano y Güemes. Su lucha, sin embargo, no era solo contra el ejército realista, sino también contra el enemigo interno. El ejemplo más escandaloso fue el de Carlos María de Alvear, Director Supremo en 1815, quien le ofreció al embajador británico convertir a las Provincias Unidas en una colonia inglesa y le entregó secretos militares. Secretos que iban desde la ubicación de la fabricación de armas en nuestro territorio, hasta el “spoiler” del cruce de los andes. Podríamos afirmar que estábamos ante la traición a la patria fundante.
Este proyecto de entrega chocaba de frente con el de San Martín. Ya en su gobernación de Cuyo, iniciada en 1814, demostraba que era posible un modelo de país con un Estado presente, impulsando la salud, la educación pública y obras de infraestructura fundamentales. La tensión entre ambos proyectos era tal, que Alvear llegó a dar la orden de matar a San Martín.
El Congreso: Entre la urgencia, los debates y el centralismo
La elección de Tucumán como sede fue una victoria del interior frente al centralismo de Buenos Aires, que prefería tener el congreso bajo su control. En ese contexto, la declaración se volvió una necesidad estratégica y una formalidad indispensable para San Martín: necesitaba el respaldo legal de una nación soberana para poder iniciar el cruce de los Andes (Pigna, 2005).
“Cuando alcanzó el quorum necesario, el Congreso comenzó a sesionar hacia marzo de 1816. Pocos días después, el 12 de abril, San Martín transmitió sus pareceres a Tomás Godoy Cruz, su confidente y diputado por Mendoza: “¡Hasta cuándo esperamos declarar nuestra independencia! No le parece una cosa bien ridícula, acuñar moneda, tener el pabellón y cucarda nacional, y por último, hacer la guerra al soberano de quien en el día se cree dependemos? ¿Qué nos falta más que decirlo? Por otra parte ¿qué relaciones podremos emprender, cuando estamos a pupilo, y los enemigos (y con mucha razón) nos tratan de insurgentes, pues nos declaramos vasallos? Esté V. seguro que nadie nos auxiliará en tal situación. Por otra parte el sistema ganaría un 50 por 100 con tal paso. ¡Ánimo! Que para los hombres de coraje se han hecho las empresas. —Vamos claros. —Mi amigo, si no se hace, el Congreso es nulo en todas sus partes, porque reasumiendo éste la soberanía, es una usurpación que se hace al que se cree verdadero —es decir—, a Fernandito”.
San Martín a Godoy Cruz, Mendoza, abril 12 de 1816. Fuente: www.elhistoriador.com.ar
Dentro del Congreso, los debates sobre qué forma de gobierno o cómo debería constituirse tal, eran intensos porque no había una sola idea de país. Manuel Belgrano, para horror de los diputados porteños, llegó a proponer una monarquía constitucional encabezada por un descendiente de los Incas, el hermano de Túpac Amaru. Con este gesto, Belgrano no solo buscaba sumar a los pueblos originarios a un proyecto común, sino que, al igual que con su frase «O el viejo amo o ninguno», volvía a marcarle los límites a Buenos Aires. Desafiaba su racismo y su eurocentrismo de raíz. La reacción de la élite porteña fue inmediata y despectiva, llegando a burlarse de la propuesta con frases como la de la «realeza de patas sucias» o la de un «rey en chancletas» (Pigna, 2005).
Este choque de modelos —una monarquía con raíz americana contra un proyecto de élite con la vista en Europa— dejó al Congreso en un punto muerto. Sin un acuerdo posible sobre la forma de gobierno y con la urgencia de la guerra pisándoles los talones, la facción revolucionaria logró imponer la necesidad de San Martín: postergar el debate organizativo y abocarse al paso fundamental. Así, se declaró la independencia de las «Provincias Unidas en Sud-América» —nombre con visión continental que se usó en el acta para la entidad más conocida como Provincias Unidas del Río de la Plata— de la corona española.
El resultado final del acta fue un fiel reflejo de esa pulseada interna. Por un lado, se consiguió añadir el 19 de julio, en sesión secreta, la frase clave «y de toda otra dominación extranjera», un triunfo del ala más soberana. Pero, por otro lado, el mismo Congreso revelaría su faceta más conservadora en un manifiesto posterior, al declarar que era tiempo de poner «fin a la revolución y principio al orden», una idea que buscaba centralizar el poder, pero que no formó parte del Acta en sí misma.
Una independencia para (casi) todos: Gestos, límites y algunas perlas
Entonces, esta nueva independencia que se declaraba, ¿era realmente para todos? La respuesta, mirando los hechos, es un rotundo y doloroso «casi».
El gesto de traducir el acta al quechua, aymará y guaraní fue un movimiento de enorme trascendencia política, un intento de construir una «Patria Grande» y de sumar voluntades para las guerras que se libraban en varios frentes y que de la mano de San Martín, tenían la proyección de extender los movimientos soberanos al resto del territorio sudamericano (Pigna, 2005). Pero este gesto progresista chocó de frente con los límites de la propia élite que dirigía el proceso. Pasada la urgencia militar, el proyecto de restitución y verdadera autonomía para los pueblos originarios fue olvidado, y el siglo XIX avanzaría sobre sus tierras y culturas.
¿Y qué hay del gaucho, del montonero? Aquellos que, como las tropas de Güemes en el norte, pusieron el cuerpo en la primera línea de batalla. Su participación fue indispensable para la victoria, pero su proyecto político, de raíz profundamente federal y popular, era visto como una amenaza por el poder central de Buenos Aires. El «orden» que querían imponer los sectores conservadores no tenía lugar para un gaucho con poder y autonomía (Halperín Donghi, 2005).
Esta fractura política quedó inmortalizada en la propia historia del Acta. La primera copia, llevada a Buenos Aires por el chasqui Cayetano Grimau y Gálvez, fue asaltada en el camino por partidas vinculadas al federalismo artiguista. Este episodio no fue un simple acto de bandidaje; fue un acto político que demostraba que otro proyecto de país, el de la Liga de los Pueblos Libres, no se sentía representado por el Congreso de Tucumán.
Pensemos también en la población afrodescendiente. Miles de esclavizados fueron reclutados para los ejércitos con la promesa de una libertad que, en el mejor de los casos, llegaba tras años de servicio si sobrevivían. La «libertad de vientres» decretada en 1813 fue un paso, pero uno muy medido: no liberaba a los ya esclavizados y ataba a sus hijos a trabajar para los amos de sus madres hasta la mayoría de edad. La independencia no significó el fin de la esclavitud (Halperín Donghi, 2005).
Y por supuesto, las mujeres. Las grandes invisibilizadas de la historia oficial. Fueron espías, mensajeras, costureras y hasta combatientes heroicas como Juana Azurduy. Cumplieron un rol fundamental, pero en el diseño político de la nueva nación, sus derechos eran inexistentes (Pigna, 2005).
Por todo esto, la independencia de 1816 es una gesta heroica llena de contradicciones. Y como perla irónica final, la primera nación en reconocerla no fue ninguna de las potencias europeas, sino el lejano reino de Hawái. Un pequeño gesto desde el otro lado del mundo, mientras aquí adentro la pelea por definir quiénes eran realmente los dueños de esa independencia recién comenzaba.
De la Conexión a la Acción: La Lucha por la Soberanía es Cíclica
Entender este complejo entramado es lo que nos permite conectarlo con nuestro presente. La historia nos muestra que la lucha por la independencia nunca fue monolítica, ni mucho menos tallada en piedra. Siempre existió un proyecto de patria soberana, popular y con una mirada federal, y enfrente, un proyecto de élites, centralista y dispuesto a entregar la soberanía a cambio de beneficios para un sector minoritario. Esta tensión, como vemos, es cíclica y sigue vigente.
Cuando hoy nos preguntamos por la independencia económica, por la soberanía cultural o por la necesidad de un pensamiento propio, no estamos haciendo más que revivir la eterna disputa argentina. No es solo el debate entre el proyecto de San Martín y el de Alvear. Es la pulseada entre la patria de San Martín, Belgrano, Güemes y Artigas, que imaginaba un continente unido y justo, y la patria centralista y subyugada de Alvear, Rivadavia y las élites portuarias, que preferían los negocios con las potencias europeas antes que el desarrollo de un proyecto propio.
Esa misma disyuntiva es la que, de diferentes maneras, sigue llegando hasta nuestros días.
¡Llamado a la acción a nuestra comunidad!
Desde la U.E.G.P. N° 157, te invitamos a vivir este 9 de Julio como una jornada de reflexión activa. Y este año, queremos que esa reflexión se transforme en un acto simbólico y poderoso.
Por eso, como parte de nuestro proyecto Conexión y Acción, hemos lanzado la «Urna de las Nuevas Independencias». Te invitamos a tomar partido y a responder la pregunta que da sentido a esta fecha: Hoy, ¿de qué te declaras independiente?
Tu voz es el primer paso. Puedes dejar tu declaración anónima de dos maneras:
- En la urna física que encontrarás en el hall de nuestra institución durante toda esta semana, ya que hoy es lunes 7 de julio.
- En nuestra urna digital, participando a través del siguiente enlace:
[Mi Declaración de Independencia]
Porque la independencia, como la historia, no es algo que simplemente «fue». Es algo que se construye, se defiende y se ejerce todos los días. ¡Esperamos tu declaración!
Referencias Consultadas
- Academia Nacional de la Historia. (2000). Nueva Historia de la Nación Argentina. Tomo IV. Planeta.
- Halperín Donghi, T. (2005). Revolución y guerra: Formación de una élite dirigente en la Argentina criolla. Siglo XXI Editores.
- Pigna, F. [Felipe Pigna]. (2024, 4 de julio). 9 de Julio ¿Cómo llegamos a la independencia Argentina?. Felipe Pigna. «Lo Pasado Pensado». [Video]. YouTube.
http://www.youtube.com/watch?v=63SS_OFGkc4 - Pigna, F. (Productor). (s.f.). Algo habrán hecho por la historia argentina. [Serie de Televisión].
- Pigna, F. (2005). Los mitos de la historia argentina 2. Grupo Editorial Norma.
- Urbana Play 104.3 FM. (2024, 4 de julio). Lo que nos llevó LLEGAR A LA INDEPENDENCIA. Felipe Pigna en #TodoPasa. [Video]. YouTube. /www.youtube.com/watch?v=BwhOqBTQIpM
- El Congreso de Tucumán, por Natalio Botana (Fragmento del libro Repúblicas y Monarquías. La encrucijada de la Independencia) – El Historiador. (Recuperado a través de: elhistoriador.com.ar/el-congreso-de-tucuman-por-natalio-botana-fragmento-del-libro-republicas-y-monarquias-la-encrucijada-de-la-independencia/ – 07/07/2025)




Deja un comentario