QUE SE BORRE SU FAZ DE LA FAZ DE LA TIERRA

 El disparo fue al centro de ese rostro, tan amado por tantos. Tan odiado.

Como una expresión del deseo puesto en acto: que se borre su faz de la faz de la tierra.

Que se concrete el banquete totémico y veamos (al fin veamos, dirían algunos), su cerebro maldito desparramado ante la mirada incrédula, aterrada y horrorizada, de quienes la aman. De modo que al fin ese enorme acto disciplinador deje en claro cuáles son las consecuencias de atreverse a pensar, a desafiar, a rebelarse, a disentir, a denunciar. Y que este mensaje advierta cuáles son los riesgos que asumen quienes se atreven.

No fue al corazón. El amor entre líderes y pueblos es indestructible y lo saben. El disparo fue a la cabeza, fue al centro de su rostro. Su objetivo no era sólo matar, pretendía también la destrucción de un pensamiento autónomo que una y otra vez los deja descolocados, desconcertados, fuera de juego.

A lo Diego. Humillando.

A lo Eva. Rebelándose.

Con el agravante de ser el cerebro de una mujer. Insolentemente mujer. Por eso no puede ser nombrada presidentA. Esa palabra no fue hecha para que la usen las mujeres.

Hace ya muchos años que convivimos con una brutal fragmentación social producida por la permanente disociación entre “buenos” totalmente buenos y “malos” totalmente malos.

Cuando en una figura se condensan y depositan tantas atrocidades, cuando se le atribuyen todas las catástrofes sociales y se la asocia con las peores representaciones de la esencia humana, es inevitable que haya quienes se alivian con esa masividad de atribuciones en una sola persona. Es decir, si todo lo malo lo encarna una sola, entonces la idealización hará que todo lo bueno esté en algún otro sector social.

Si ella encarna todo lo peor de la esencia humana por “chorra, corrupta, loca, mala, violenta, autoritaria”…., entonces cualquiera que asuma la contraparte con gestos dulces y cara amorosa, será la representación de todo lo bueno. Más allá de lo que haga, de lo que proponga, del perjuicio que puedan generar sus acciones y propuestas.

El intento de magnicidio contra la Vicepresidenta de la Nación es de una violencia real y simbólica inusitada. Impregna el mundo de las representaciones de un modo indeleble, como esas imágenes imposibles de borrar. Que se miran una y otra vez, tal vez en un proceso de elaboración, tal vez en un intento fallido de dar crédito a lo increíble, de procesarlo, de imaginar con horror otros posibles finales para esa película siniestra.

Estamos en tiempos de elaboración de ese horror. De decisión colectiva de lo que no queremos ni podemos permitir ni permitirnos.

Por eso sorprende la premura con la que algunos medios y referentes políticos que han sostenido ese mensaje violento a lo largo de los años, salieron a afirmar que es un hecho aislado llevado a cabo por un desequilibrado y que nada tiene que ver con los mensajes de odio y violencia emitidos.

Ningún hecho social puede ser entendido sin tener en cuenta el contexto histórico en el cual se produce. No se puede interpretar ninguna acción humana individual sin contemplar las condiciones concretas, el marco social que posibilita que esa acción sea posible en ese contexto dado.

A lo largo de muchos años se fue gestando un marco social posibilitador de una escalada de violencia sin antecedentes en los casi cuarenta años de democracia recuperada después del imperio de la más atroz de las expresiones de violencia y represión.

Contemplamos durante mucho tiempo horcas, guillotinas, bolsas mortuorias, seres desencajados clamando “que la maten”, que “un sicario le dispare en la nuca”.

El efecto de esas imágenes en el psiquismo de las personas es devastador.

En el ejercicio de un mecanismo de identificación con “lo que está bien”, se proclama la muerte, la desaparición del adversario político, la afirmación de que “hay que matar al perro para terminar con la rabia”.

Hace años dijimos NUNCA MÁS.

NUNCA MÁS a todas las formas y expresiones de violencia.

Ese NUNCA MÁS fue declamado después de muchos años de sufrimiento, muerte y horror.

El medio más saludable que podemos implementar para defendernos de tan descomunal nivel de manipulación, es el ejercicio sostenido del pensamiento autónomo. La posibilidad de tomar distancia crítica, aún respecto a las propias ideas. La necesidad de mirarnos sin filtro.

Cuando un ataque es tan masivo y sostenido, tenemos el derecho y la obligación de ejercer la duda. Ningún ser humano puede condensar y ser depositario de todo lo malo de una sociedad. Tampoco de todo lo bueno. Porque ese mensaje fragmentador es violento en sí mismo, niega la natural ambivalencia afectiva inherente a la condición humana. Porque fanatiza y enceguece. Porque empobrece.

Y porque en defensa de la vida, es imprescindible que nos manifestemos contrarios a cualquier consigna que exprese la muerte y la eliminación del otro como motor.

Sólo así haremos posible la concreción de aquel tan celebrado NUNCA MÁS.

 

                          Susana Inés Gacias

                 Psicóloga especializada en Psicología Social

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